domingo, 6 de junio de 2010

Ensueño en Buenos Aires. Capítulo 9

9.

Porque siempre estarán en mí
Esos buenos momentos
Que pasamos sin saber, que un amigo es una luz
Brillando en la oscuridad, siempre serás mi amigo
No importa nada mas

Enanitos verdes

PVO Cecil

Tres años pasaron desde aquella vez. Desde el día que Roberto Landau se fue de entre nosotros, Marianela jamás volvió a ser la misma persona; ahora con sus veinticinco años era una persona triste y solitaria.
Ella solía ir a bailar a los boliches más paquetos de la Capital Federal, ahora pasaba su tiempo libre tejiendo y destejiendo pulóveres, bufandas, medias y todo tipo de ropa de lana de invierno, y en el verano se dedicaba a la cocina o a la limpieza. Era muy triste verla. En los únicos momentos que parecía volver a brillar de vez en cuando, era en su nuevo trabajo; repartidora de pizzas.
Al morir su padre, él había quedado en banca rota y lo único que pudo dejarle a Marianela fue su casa, que la vendió y se compró la motito para trabajar, mientras que con su sueldo alquila una casa, acá en Balvanera a pocas cuadras de la casa en que ahora yo vivo, junto a Gabriel.
A la muchacha le costó adaptar su acomodado modo de vida anterior, en el barrio de La Recoleta, y saber que su querido bar está en manos de otros dueños, otras personas y vidas distintas, pero los clientes, siguen siendo los mismos.
Muchas cosas cambiaron. A lo largo de este camino nos encontramos con infinidades de desilusiones, de alegrías, de tristezas, de éxitos y fracasos.
Mi vida solía estar plasmada de desaciertos y soledad, que junto a Gabriel, logré cambiar. Cualquiera pudiese pensar que soy feliz, o que me siento completa; pero no es así. Ahora la tristeza y la soledad las veo plasmadas en mi mejor amiga, y hasta que no vuelva a ver brillar sus ojos, jamás podría terminar de sentirme completa. Es a causa de ese panteísmo que tanto creo: Si la vida lastimó a mi amiga, en parte me lastimó a mí.
Por cierto, en estos tres años, ninguno supo nada de Luca. Y Marianela, desde aquel día, tampoco lo volvió a nombrar y nadie se atreve a hacerlo, por respeto a su dolor. ¿Qué será de él?

-¿Te pasa algo?- me pregunta Gabriel rodeando mi cintura- Te siento distante hoy
-Pensaba- le dije mirando nuestro reflejo en el espejo de la habitación- ¿Diana está con Laura?
-Sí- me dice mientras deja el maletín en el piso y comienza a sacarse el saco, el reloj y todas esas molestias que lleva puestas a su trabajo- va a comer con ella, así nosotros terminamos de decorar las cosas para mañana
-Ya puse los globos, las guirnaldas, compré los vasitos y los platitos descartables ¿Falta algo más?
-No…creo que no falta nada. ¡Cinco años! Como crece mi nena, me asusta- dijo sentándose en la cama y tapándose la cara con las manos, ese gesto de cansancio que siempre realizaba al llegar del trabajo- ¡Ah!- dice descubriéndose el rostro y yo me siento a su lado- Me llamó Marianela, dice que no viene a comer, porque se siente mal, hoy.
-Me preocupa…quiero hacer algo para alegrarla, pero no se qué hacer- le digo con pesar
-Ya se nos va a ocurrir algo, dale tiempo- me dice acariciando mi rostro y mis pensamientos comienzan a perder coherencia, como siempre que hace eso. Y otra vez, sus labios se rozan con los míos primero suavemente y luego con mayor insistencia, mis manos revuelven su cabello castaño y en el momento que comienza a desprender mi camisa; suena el timbre. Me levanto rápidamente y sin mucho éxito arreglo mi pelo y mi camisa

-No atiendas, volvé. Entre el trabajo, Diana, y la vida nunca tenemos tiempo para esto y…
-¿Y si es Marianela?- le digo con cierto enojo y veo su mirada resignada

Fui a abrir y vi que tenía razón, efectivamente era Marianela
-¡Viniste!- casi grité- Extraño cuando no venís todos los días
-Ya sé que dije que no iba a venir…pero tenía ganas de verlos- me dice con ese tono de amargura y de resignación que suele usar
Ella me abrazó fuertemente y supe que si había acudido a nosotros, es porque aquel presentimiento mío, de que ella se encontraba mal últimamente era correcto “tranquila” susurré en su oído y su cuerpo tenso volvió a respirar con más normalidad y la vi sonreír por un instante. Entonces divisé que entre sus manos traía una caja, del tamaño de una caja de zapatos, pero era de un cartón duro y rojo como si fuese una caja de chocolates
-No hacía falta que traigas nada- le dije con cariño, mientras Gabriel se asomaba a saludar

-¿Voy poniendo la mesa?- preguntó
-Sí- le respondí y las dos nos sentamos. Es raro cuando a veces los roles de hoy se mezclan. Marianela es una repartidora de pizzas, trabajo que solíamos asociarlo a los hombres, Gabriel a veces pone la mesa, lava los platos y hasta va a comprar, yo sigo trabajando en la revista, aporto sustento que antes solo lo hacían los hombres y manejo y lavo el auto…me sorprenden a veces los roles que jugamos en este siglo. Cambiamos, nunca se si para bien o mal, pero sé que todo cambia de una manera increíble.
-Hace un par de meses que vengo recibiendo cosas y son contadas las personas que creo me las enviaron. Y si son ustedes, quiero que me lo digan. Por favor.
-Nosotros no te mandamos nada- le dijo Gabriel cuando traía los cubiertos- ¿Qué hay en la caja?

Marianela abrió la caja roja, que parecía de bombones, pero allí no los había. En vez de eso sacó cinco rosas rojas de las más bellas que vi en mi vida, el aroma así que me sintiese enamorada del aire, también había allí postales de color rosa y violeta. En una decía “Te amo” en la otra “Te extraño”, y cosas por estilo. Había un anillo, que a mi parecer parecía de oro y lo más sorprendente de todo fue que de aquella caja, Marianela sacó un abanico de dólares

-Todos los meses recibo una rosa, una postal, cien dólares y este mes; un anillo de oro. Esto es una locura
-¿Te parece una locura que una pelirroja de ojos verdes tenga un admirador?- le preguntó Gabriel- Después de mi mamá, de Diana y Cecil sos la mujer más linda que conozco

Yo me reí, la ternura con que Gabriel solía tratar a todos, cuando quería, hacía que lo ame más. Creo que es su mejor cualidad, sabe apreciar lo bueno que hay en la gente, supongo que es lo suficientemente observador para ser así…es como si pudiese mirar el alma de las personas, como si además de ser doctor en cuestiones físicas, también supiese arreglar mejor que nadie el espíritu de alguien que no ve, lo bueno y maravilloso que hay en cada uno. O tal vez…esté tan enamorada de él, que exagero su forma de ser. No importa.

-Es verdad- coincidí- pero hay que admitir que es raro ¿Por qué no te da los regalos personalmente?
-Puede ser tímido- argumentó mi novio
-O…puede estar vivir lejos- aventuré con algo de miedo a la reacción de Marianela, los tres nos quedamos en silencio sin decir palabra por largo rato, hasta que Gabriel se levantó a traer los platos con los fideos y la salsa blanca

-Puede ser que viva lejos. Yo pensé lo mismo. Es más creo que puede ser…- pero no terminó la idea y se atragantó con un fideo “tirabuzón”, di la vuelta alrededor de la mesa y golpee se espalda para que hiciese provechito y desde el otro extremo, Gabriel que miraba penetrante con los brazos cruzados sobre la mesa dijo:

-¿Crees que es Luca no?
-Sí- dijo Marianela y sucumbió en un sollozo ruidoso e histérico, hacía mucho que no expresaba muchas emociones y esta vez, parecía ser la gotita que rebalsó el vaso. La abracé y Gabriel se fue a buscar pañuelitos para que secase sus lágrimas- Lo extraño, lo extraño horrores. Cierro los ojos y pienso en él, pienso que mi papá me dijo que lo perdonase, que fue la avaricia la causa de su muerte, pero yo no puedo olvidar, no puedo, no puedo
-Quedate, tranquila. Vamos a averiguar si es él. Yo creo que no hay persona en el mundo más arrepentida que Luca, y puede ser que esa plata te la mande como símbolo de que quiere devolverte todo, pero no te preocupes, tampoco te ilusiones en vano- le dije y Gabriel asintió con la cabeza
-Si por lo menos hubiese tenido más tiempo de hablar con mi papá, y preguntarle que hacer. Estoy tan perdida…no quiero hacer nada en la vida ¿Para qué estudiar, o tener un trabajo, o una casa? Si yo no tengo a mi familia…mi mamá primero, después mi papá y además Luca…
-Nos tenés a nosotros, acá vamos a estar siempre- le dijo Gabriel

El timbre sonó nuevamente

-Yo abro- pidió Gabi y al cabo de unos largos minutos volvió con la cara pálida y sin saber bien que decir- ¿Cecil podés venir un segundo no más?
-Sí…- dije con desconfianza por el tono de voz

En la sala de estar un joven con el pelo, que anteriormente era un rubio tenido, ahora era de su negro original, ya sin sus pircings. Sus anteriores ropas que solían ser deportivas y anchas, ahora iba vestido con unos Levi’s nuevos y una linda camisa. Ya no llevaba sus lentes de contacto celestes, sino que vislumbraba sus preciosos ojos avellanas. El cambio era drástico, si antes parecía apenas un adolescente ahora Luca con veintidós años, era todo un hombre.

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