domingo, 6 de junio de 2010

Ensueño en Buenos Aires. Capítulo 8

8.

Estás buscando un viejo camisón
estás buscando alguna religión
estás buscando un símbolo de paz.
Estás buscando un incienso ya
estás buscando un sueño en el placard.

Charly García

-Quiero ir al baño- pidió Diana tirando de la ropa de su padre con insistencia- por favor- concluyó al ver su mirada de desaprobación. Pero no era por los modales, por lo que Gabriel se preocupaba en ese momento.
-¿Al baño? Hasta la puerta te puedo acompañar, pero no puedo entrar…- respondió sonriéndole a la niña

Diana se acercó hasta su lado y le pidió con un gesto que se agachase. Al oído le susurró
-Pero necesito que me ayuden, no se ir sola

Gabriel miró impaciente a sus amigos. Luca no sacaba la vista del piso. Marianela no dejaba de mirarlo con reproche en sus ojos y, para su sorpresa, Cecil miraba hacia su dirección en el momento en que sus miradas se encontraron. Sin poder evitar darse por aludida de aquellos profundos ojos verdes, la muchacha, se dirigió hacia él y la pequeña.
-¿Qué les pasa que tienen esa cara de…?
-Esa cara fea- se atajó a decir Gabriel cuidando de que la niña no escuchase malas palabras
-Iba a decir “esa cara de mal humor”…será que te tomaste el papel de papá un poco veloz ¿no?
-No quiero pelear ahora. Quería pedirte un favor- explicó tratando de sonar suave y comprender lo turbada que Cecil se debía encontrar luego de la llegada de Laura
-Decime- dijo con una sonrisa al ver que Gabriel volvía a usar su tono sosegado y cordial de siempre
-Diana quiere ir al baño y yo…bueno. Necesita a una chica- le dijo incómodo
-Haberlo dicho antes- rió- Vamos, bonita. Que sino las vejigas se descargan solas y no es agradable-

Cecil se alejaba con Diana sostenida de una mano hacia los sanitarios. Gabriel miró a los desentendidos Luca y Marianela, y decidió seguirlas. Una vez desaparecidos los tres, Marianela explotó:

-¡No te da vergüenza venir! ¡Tan descarado de aparecerte así!- le habló en un tono bajo pero cargado de ira, para que no se escuchara en la habitación de su padre. Y antes que el chico la interrumpiese prosiguió- ¡Sos el culpable de que esté en este lugar! Puedo no denunciarte en la policía, pero no te aparezcas en mi vista nunca más. Ya te lo dije ¿No te lo dije?- preguntó con cierta vehemencia, en parte del odio que sentía, en parte por las horas de sueño que le faltaban
-Perdón. Voy a reparar lo que hice y vas a volver a amarme como antes. Es cuestión de tiempo…es que quería estar a tu lado en un momento malo como este. Es lo que la gente que se ama hace ¿no?- replicó mientras comenzaba a alejarse con la frente en alto y a mitad del pasillo volvió a darse vuelta para repetir un débil “Perdón” y volver a esconder su mirada tras la gorra.

Luca descendió escaleras abajo y se aventuró a la oscura calle bajo las estrellas que brillaban en la noche. Una brisa recorrió su cuerpo hasta estremecerlo. Las ideas se arremolinaban en su mente de manera que le era casi imposible pensar. Él sabía una cosa; quería demasiado a aquella chica a la cual había herido sin conocer y ahora no encontraba el modo de recuperarla…pero él sabía que lo haría, no importaba cuando, ni como, recuperaría lo que perdió. Primero debía esperar que pase la tormenta ¿Y mientras tanto como esperaría?
Bien sabía que en su barrio y en su entorno, trabajo no podía conseguir. Este era uno de esos momentos en que realmente Luca se odiaba por no haber terminado la escuela. Sin el maldito título del secundario no podía ni siquiera ordenar latas en un supermercado. ¡Periodista deportivo! Hacía dos horas Cecil lo había convencido de que podría ser eso…y le llegaba la hora de caer a la realidad, a la desolación y su verdad.
Llegó cansado a su humilde casa y fue recibido con un tibio abrazo de su madre y algunos de sus tantos hermanos.
-Lo único que puede alegrarme el día…es que la bestia que tenés como novio, no esté acá- le dijo Luca en un tono, hasta podría decirse, cariñoso y sincero
-Te dije que tiene nombre- lo regañó pero sin mucho enfado
-Las cosas nunca cambian vieja, los tipos te tratan mal y vos los seguís apañando- le recriminó el hijo
-Porque vos fuiste muy bueno con la colorada ¿no? Empecemos por casa antes de saltar así

La cara del muchacho pasó de trigueña a púrpura:
-Mamá, yo nunca le pegaría. Y si supiese que me iría a enamorar de la hija de un empresario con tanta plata de sobra…la usaría para un bien común, no para un par de “amigos” que se fueron a Brasil. Es más, después de esto, no pretendo estafar a nadie más en la vida. Porque entendí que esas personas podrían ser mi madre o un hermano o una novia. Yo aprendí, pero vos…
-A mi no me pega Rafael, porque yo tengo carácter – se defendió incomodada. Entonces su hijo le retuvo el brazo de manera delicada y, con toda la tristeza del mundo en sus ojos, dejó al descubierto las marcas de su madre
-Te lo dije una y mil veces mamá. O me voy yo, o se va él y hago la denuncia
-No hijito…Rafa se va a enojar
-Quedate tranquila, si se enoja mis amigos de la seccional tienen muchas alternativas. Si las conoceré yo

Su madre siguió sosteniendo débiles argumentos, pero no pudieron calmar la bronca que Luca llevaba adentro suyo. Terminó por armar un bolso y con todos los ahorros de ese año, que no eran la gran cosa, logró sacarse un boleto de micro y dirigirse a Córdoba, dónde unos familiares le prometieron ayudarlo. Dijeron que tenían trabajo para él…y que su forma de vivir iba a cambiar radicalmente, que si allí iba, trabajo y pan no le faltaría. Pero que el trabajo del campo…no se parecía en nada al de la ciudad. Y por supuesto; no faltaba el primo “Tito” que lo iría a recibir en la estación de ómnibus.

Era la hora de visita y Cecil se había llevado a la pequeña a dar una vuelta por la plaza y comprarle un helado; ya que el hospital no era un lugar agradable para una niña.
Dentro de la habitación Marianela y Gabriel miraban sin mirar a la pequeña televisión que allí se encontraba. Cada uno se encontraba profundamente consternado por el señor Landau. Siempre había sido un hombre fuerte y cordial, siempre con una sonrisa en sus labios; y ahora su única debilidad lo había llevado al borde de la muerte. Tan importante era el dinero en su vida, que no podía imaginarse una vida sin privilegios, un alto precio se encontraba pagando.
Marianela comenzaba a angustiarse nuevamente y unas gruesas lágrimas salían de sus ojos, cuando miraba a su padre y veía el respirador artificial conectado a su cuerpo

-Mari- le dijo Gabriel acercándose a su lado y acariciándole los hombros en símbolo de fuerza-. Va a estar todo bien
-¿Y sino está todo bien? ¿Qué voy a hacer yo sin él? Primero mi mamá y ahora mi papá… ¿Por qué a mi?- preguntó tendiéndose en los brazos de su amigo
-Tus amigos estamos con vos, tranquila
-¡Sí! Amigos como Luca ¿no?
-¿Qué pasa con Luca?- se extrañó
-Preguntale después a Cecil…yo ya no quiero hablar más de él

-Hija- dijo débilmente el señor Landau, cuando comenzaba a despertarse y a hacer gestos para que se acercara. Gabriel se corrió a un lado y dejó que la chica pudiese abrazarlo
-Papá no hables…te va a hacer mal- dijo extendiéndole un lápiz y un papel que había reservado pensando que para cuando se levantase iba a querer hablar y él no podía hacerlo. Roberto sonrió ante la ocurrencia de su hija y en el papel de manera rotunda y contundente le expresó

“Perdón. Aprendé de mi, hija. Y no te preocupes por problemas que tengan solución. Ya sé que fue ese muchacho el que me estafó, no soy ningún imbécil, aunque parezca un viejo inútil a veces. No lo martirices…si yo fuese él, hubiera echo lo mismo con algún millonario que desperdicia su tiempo y dinero, en hacer sólo más dinero…ni que pudiese llevármelo a la tumba”

-Si sabías que era él ¿Por qué no dijiste nada?- preguntó su hija secándose las lágrimas con la carta en la mano aún
-Porque…tenía esperanza de haberlo juzgado mal
-¡Te dije que no podías hablar papi!

En ese momento Roberto Landau, agarró su corazón con una mano y con un ademán pedía ayuda. Gabriel corrió hacia él y despejó la zona de utencillos y demás
-Llamá a la doctora, rápido Mari- le indicó Gabriel

El tiempo le pareció transcurrir más lento de lo normal a Marianela, la doctora llegó y junto a Gabriel intentaron reanimar al paciente que se había desestabilizado, pero el corazón de su padre no parecía reaccionar a los intentos de los dos médicos. Los enfermeros iban y venían trayendo cosas y ella creía estar sumida en otra realidad que no era la suya, como si estuviese viendo la escena de una película, en un final culminante y tenso. Hasta que se dio cuenta que Gabriel intentaba decirle algo con insistencia
-Va a haber que intervenirlo…vamos al quirófano. Esperanos ahí ¿Me escuchás Mari?
-Si…vamos- dijo débilmente

Fue una hora interminable la que la muchacha estuvo esperando en la puerta del quirófano, sola y sin un augurio, sin saber que ocurría allí dentro. Ni la voz, ni la expresión de Gabriel supieron tranquilizarla. Porque cuando se llevó a su padre, él se encontraba particularmente nervioso
Con los ojos rojos, inyectados en sangre, y la mirada desorbitada salió Gabriel del quirófano y se encontró cara a cara con Marianela, él extendió una mano hacia su hombro y se sacó el barbijo que llevaba puesto

-Gabriel… ¡Decime cómo está!

Él solo negó con la cabeza y llorando le dijo;

-Sufrió una Isquemia…hicimos todo lo que pudimos, pero lo perdimos

Marianela se tapó incrédula la cara con las manos y en un llanto desgarrador sus rodillas se doblaron y cayó al suelo. Estaba agazapada en el piso cuando Gabriel se arrodillaba para envolverla entre sus brazos y consolarla. Pero nada podía calmar el dolor de la muchacha, un inmenso vació se extendía por toda su alma y el dolor avasallaba cada centímetro de su cuerpo. No podía dar crédito a la realidad y no quería aceptar la verdad, pero allí se encontraba. Huérfana. Sin una madre y ahora…sin un padre.

No hay comentarios: