sábado, 22 de mayo de 2010

Ensueño en Buenos Aires. Capítulo 6

6.


Si una estrella más cayó
este cielo llora
si nadie reclama luna y luz
este mar ya se secó.
León Gieco

El día había sido de sonrisas y felicidad para Cecil, sentía un tibio calor en su estómago que se acrecentaba con cada abrazo, con cada caricia de Gabriel. Sabía que al otro día iba a tener problemas con las señoras que no les había planchado su ropa y que tenía que entregar un artículo sobre “San Justo” para el diario; pero en aquel momento, prefirió aceptar la invitación de él a su casa.

Tantas prohibiciones y sufrimientos conocía la muchacha que parecía saludable poder bajar la guardia y dejarse llevar por su corazón, que rara vez lo escuchaba.

Recordaba a Marianela diciéndole desde que eran adolescentes, que ella debía disfrutar más y preocuparse menos. Quizás había tardado mucho tiempo pero comenzó a hacerles caso a sus simples y contundentes concejos

Miró a Gabriel que buscaba las llaves de su auto y como el reflejo de la luna embellecía más su rostro. Tal vez, era un perfecto héroe romántico salido de algún libro de Goethe, o el amor que sentía cegaba su visión de la realidad haciéndole creer que era un príncipe con su corcel, un precioso Mercedes, venía a rescatarla de su extraña vida. Pero la misma luna fue la que reflejó en aquel minuto algunas normales imperfecciones, alguna marca de la infancia y se sintió más tranquila en una realidad tangible.

-¿Qué pasa?- preguntó dedicándole un sonrisa- ¿No querés venir?
-No…te estaba mirando- le dijo mientras seguía observándolo
-¿Te gusta lo que ves?- inquirió dulcemente
-Mucho- le respondió riendo y subió al automóvil.
-Hace mucho tiempo que una chica no subía a mi auto- comentó una vez comenzado el viaje- Es como si volviera a ser nuevo en esto…Laura es como un estigma para mí, pero prometo sacar su recuerdo del medio.

Cecil volvió a sentirse tensa, como un mal presagio, cada vez que él nombraba a su antigua novia una barrera invisible los separaba en años luces ¿Era posible hacer que él se olvidase de ella? ¿Era posible cerrar aquella historia?

-Perdón- dijo él con voz queda
-No hay problema, las cosas no desaparecen de un día para otro.
-¡llegamos!- anunció virando de aquel tema escabroso.

Descendieron del coche y fueron acercándose al umbral, de la puerta de entrada de la casa de Gabriel. En la oscuridad se podían divisar dos figuras que se salvaguardaban del frío viento de la noche; una noche pálida, sin estrellas, en un inmenso cielo nublado.
Cecil pudo ver una gran diferencia en las alturas de aquellas personas y su miedo de ser sorprendidos por un asalto, disminuyó en expectativas, pero siguió alerta y miró con sospecha Gabriel que llevaba del brazo.

-No te preocupes- susurró- capaz…vienen a pedir algo para el hogar de chicos, siempre viene gente a vender, a pedir. Algunos les doy, porque sé, que son buena gente.
-Sí, seguro.

Las figuras que antes se encontraban oscurecidas, mostraron su forma cuando se aproximaron a la luz. Ahora se veían bien definidas dos personas; una mujer y una niña.

-¡Laura!- exclamó eufórico, con una mezcla de inminente sorpresa, odio y amor. En ese momento un frío nival recorrió la espalda de Cecil y aquel mal presentimiento se veía convertido en realidad de la manera más cruel que alguien se puede imaginar. Ella creyó soltar su mano, pero en ese momento Gabriel la sostuvo aún más fuerte que antes- Cecil, ella es Laura
-Y ella es la dulce Candela- anunció Cecil tristemente pensando en un recuerdo cercano
-Se llama Diana…como la princesa- respondió Laura acercando a la bella nena, de dos años, a la luz de la luna que reflejó su cabello castaño claro; como el de su padre y sus ojos oscuros con dos motitas de luz; como su madre
-Muy ensoñadora- comentó Cecil con abatimiento- y pretenciosa.

El que se había quedado completamente mudo; sin voz ni mando: fue Gabriel. Sus ojos no expresaban emoción alguna y su cuerpo estaba tenso como una piedra. De repente se estremeció y soltó la mano de Cecil para cargar en sus brazos a su presunta hija.

La nena no parecía entender quien era aquel, que la sostenía en brazos y lloraba de emoción. Su madre solo le había dicho que iban a visitar a un antiguo amigo suyo, y que al llegar, ellos tenían un secreto que contarle.

-Hijita, hijita. ¡Yo sabía que en algún lugar estabas!- articuló entre lágrimas de felicidad
-Laura… ¿dónde estuviste todo este tiempo?- preguntó con un fuerte rencor en su voz
-No se si es momento ahora, Gabriel- comenzó Laura- Ella todavía no lo sabe. Diana, Gabriel es tu papá.
-Ya me di cuenta, Laura- dijo Diana soltándose de los brazos de su nuevo papá que la miraba encandilado
-Mamá. Te dije que me digas mamá, no Laura- le retó
-Bueno, Lau- se burló

Gabriel se río nervioso, jamás había conocido un menor de dos años tan pedante como Diana mostraba ser. En la oscuridad de la noche buscó la mano de Cecil, al no encontrarla se dio la vuelta y descubrió que la muchacha ya no estaba. Se sintió tirado de dos fuertes cadenas, pero en ese momento su corazón parecía que iría a colapsar de la emoción.
Luego acarició la cabeza de su hija y le dio un caramelo que sacó del bolsillo. “Espero que ser padre sea tan simple como eso” pensó. Y dirigiéndose a Laura dijo

-Tenemos que hablar.




Cecil necesitaba alejarse del centro, la situación hacía que se sintiese desbordada. Llegó a la estación de Once y se subió al tren Sarmiento. Agradeció que aquel fuese el último tren de la noche. Porque ese es el único horario que no se viaja como vacas que van al matadero, el único horario que quizás encuentre algún asiento un tanto desoldado para sentarse.
Corrió por la plataforma y logró subirse al coche furgón antes de que partiese. Tal vez no había gente que se aplaste y puertas abiertas atentando contra la vida de los pasajeros, pero la particularidad de ese horario, estaba en la gente.
En el furgón la mayoría eran hombres entre jóvenes y adultos. Unos cuántos consumiendo marihuana y otros muchos muriéndose en el paco. A Cecil le vino a su mente una frase del rock nacional “Y al chico que aspira tren, mientras viaja en poxirrán”. Sí, al pobre le faltaba un poco de suerte. Si Cecil se sentía deprimida antes, aquella imagen la hundía en la tristeza

Comenzó a caminar y entre los pesados comentarios que recibía divisó a un chico al final del vagón, sentado en el suelo una lágrima corría por su mejilla.

-¡Luca!- lo llamó- Que suerte…ya tenía miedo de estar sola acá
-¡Chica loca! ¿Qué haces acá?- dijo incorporándose y tratando de ocultar las lágrimas
-¿No salías con Marianela hoy?... ¿Vos qué hacés acá?
-Me mandé una macana grosa con el padre. Soy un pelotudo, la verdad- comentó
-Ya sé, lo cagaste con las cuentas bancarias. Soy muy perspicaz, lo sabía desde el primer momento que te vi en el bar, nada es casualidad. Por eso averigüé lo que pude sobre vos, tenía miedo que seas algún tipo peligroso y le hagas daño a mi amiga. Pero como lo tuyo fue un robo sin golpes, ni rehenes, y sin violencia, te creí inofensivo y esperé a que sólo le confieses la verdad. ¿No esperarás que una hija te elija antes que a su padre? Que por cierto, aunque ambicioso, es buen tipo.
-¡¿Qué?!- preguntó atónito- ¿Tanto tiempo al pedo tenés para andarme siguiendo durante un mes?
-Sí, mucho tiempo. Soy columnista de un diario, filósofa de la vida y plancho camisas. Y además tengo tiempo de jugar a Sherlock Holmes.
-No sé que hacer. La perdí para siempre- se lamentó
-Yo también creo que perdí a Gabriel
-Se ve que no es un buen día para los pobres- reflexionó Luca mirándose a sí mismo, a su amiga y a todos los desamparados que habitaban el furgón- ¿Qué pasó con el doctor?
-Apareció la esposa con la hija de los dos
-No sé quién de los dos está más jodido. Pero tenemos que hacer algo para recuperarlos- dijo Luca con una triste sonrisa
-O tal vez no- dijo Cecil pensativa, dando comienzo a unas de esas extrañas reflexiones a su manera particular de ser- Mirá, después de que perdiste a la mejor mina que te pudiste haber cruzado en la vida, creo que ahora aprendiste la lección y no vas a volver a robar. El padre de Marianela, luego de perder una fortuna, quizá deje a un lado el lujo y aprenda a ser humilde. Marianela perdió su amor y su fortuna, pero cayó en una realidad que no siempre vivió y además conoció la verdad, que muchas veces es sobreestimada.
-Puede ser- anunció Luca tratando de entender las complicadas, para él, palabras de Cecil- Pero… ¿decís que está bien que seamos todos infelices con la puta verdad? ¿Y qué hay de vos con Gabriel?
-Bueno…Gabriel recuperó a sus dos luces que tanto extrañaba; tiene a su hija y a su mujer. Una familia, creo que los cuatro anhelamos tener una familia propia…puede que vos todavía no porque recién tenés diecinueve…pero pensá que Marianela tiene veintidós, yo veinticuatro y Gabriel veintiséis. Es el momento de ser adultos, y ninguno todavía tiene la estabilidad que nuestros padres tenían a nuestra edad
-¡Ves que te vas a la mierda!- le contestó riendo- en ningún momento me dijiste qué ganás con perder a Gabriel
-No gano nada, pensé que había asomado la cabeza a la luz y veo que la hundí tres metros bajo tierra- comentó mientras el frío viento volvía a filtrarse por las rendijas de las ventanas y el tren que ambos habían tomado sin rumbo fijo que aventuraba a los recónditos sitios del conurbano bonaerense


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