domingo, 2 de mayo de 2010

Ensueño en Buenos Aires. Capítulo 4

Bueno, yo sé que la historia mucho no la sigue nadie xD Pero el que quiera anímese a leerla, que no muerde y también pueden leerla en Purple Rose ^^
.....................................................................................
4.

-Gabriel…yo me quiero disculpar- dijo Cecil abiertamente mientras ingresaba al consultorio
-Y yo, trabajar- contestó eligiendo las palabras con cuidado- No te preocupes por eso, y decime que te pasó- le habló cuando le indicaba que se sentara en la camilla
-Me desmayé en el bar de Marianela…pero ya me siento bien.
-A ver…abrí la boca bien grande- ella obedeció y el ingresó el instrumento para observar su garganta, también chequeó su pulso y todos sus signos vitales, para luego sentarse en su asiento y con el aire de suficiencia que conlleva ser doctor le anunció:

-Está todo bastante bien…lo obvio es que tenés una deficiencia de proteínas y vitaminas, por lo ralo que se ve el pelo y por tus uñas que se caen a pedazos deduzco que hace falta calcio, también- apuntó sosteniendo su mano en alto y hablándole como si se tratara de un niño que no comió sus verduras- Te podría recetar unos comprimidos de vitaminas y calcio, pero prefiero que optes por la opción de incluir estas tres cosas en lo que comas, es más simple y menos dependiente. De lo contrario, si caes internada en un hospital…no creo que tengas el humor de querer alcanzar el Nirvana, tanto como la libertad- concluyó con una sonrisa de quien gana en una pelea ideológica.

-Bueno, el especialista sos vos. Así que te voy a hacer caso- dijo una Cecil resignada y miró hacia la puerta- ¿Tenés a muchos pacientes por atender, o podemos hablar ahora?
-Te dejé para el final, no hay más pacientes. Esa fue mi venganza, ahora no hay nada de que hablar
-¿Venganza? Yo pensé que en realidad me quisieras pedir perdón también, porque no todo fue mi culpa. Quizás, si no hubieses sido tan pasional, no te habrías enfadado
-Sos de esas personas que cuando quieren arreglar algo, solo lo arruinan más ¿no?

Los dos rieron y se quedaron largo rato en un silencio incómodo, el que le sigue al intento de romper el hielo. Entonces Cecil expresó:

-Mi problema es que soy como una galletita de relleno de limón, la gente compra las de membrillo, porque son dulces y ricas, y las de limón…
-Son ácidas- interrumpió reflexionando con el seño fruncido
-¿Las probaste alguna vez?
-No, pero supongo que son ácidas…porque obviamente tienen limón. Y por lo que veo son egocéntricas, porque pensé que estábamos hablando de mi, no de vos.
-O de los dos- inquirió con su acostumbrado aire soñador

-Hagamos una cosa, las primeras impresiones no son siempre las mejores. Vayamos a comer al bar de Marianela…los cuatro, aunque no sé quien es ese chico. Me parece perfecto, como tu nuevo médico de cabecera veo que comas algo con mucha grasa e hidratos de carbono, ya es de noche, es la hora de comer y no hay peor cosa que comer solo. No hay peor cosa que comer todas las putas noches de tu vida solo, sin amigos, sin familia, sin un hijo- argumentó al tiempo que sus ojos se llenaban de lágrimas, Gabriel no sabía que era, pero esa chica hacía que sus emociones; sus alegrías y frustraciones salieran a flor de piel- Perdón…yo no soy así de maricón

-Está bien llorar, está bien sentir “Hey Jude, abstente. No cargues con el mundo sobre tus hombros…”
-Está bien- dijo haciendo un gesto con la mano y recobrando la compostura- conozco la canción, y creeme que también se podrían aplicar esas palabras a vos misma-
Ella sonrió con dulzura y tomó su mano
-Me parece una buena idea de comer los cuatros, desde ahora en más…no vas a estar más solo

Cecil lo soltó y se encaminaron hacia la puerta, mientras Gabriel se sacaba el guardapolvo y guardaba sus cosas en el maletín, lo cerró con llave y observó que Cecil tenía una reluciente sonrisa en los labios. Miró en la dirección que ella miraba y pudo ver a Marianela y a Luca besándose apasionadamente, en los bancos dónde la gente suele esperar al turno de ser atendidos.

-Chicos…es un hospital, no un cabaret- dijo sonando a tono de padre

-¿Qué es un cabaret?- preguntó Luca cuando se soltaba de los brazos de la colorada despampanante. Ella lo miró confundida

-¿No fuiste a la escuela?- le dijo

-Claro que sí. Mi vieja me obligó a terminar el secundario.

-¿Y no te enseñaron eso?- preguntó Marianela asombrada

-Un club de putas- respondió Gabriel

-Vamos a comer al bar los cuatro ¿quieren?- dijo Cecil mientras a los empujones levantaba de los asientos a los dos recientes enamorados y tiraba de una mano al doctor. Entre empujones, risas y barbaridades se encaminaron al auto de Gabriel que los llevaría al comienzo de una larga, extraña, agitada e inigualable amistad.

-¿Cómo pasó eso, amiga?- preguntó Cecil a Marianela con curiosidad, en suave susurro para no ser escuchada por los otros dos, que parecían haber entablado una conversación sobre cosas triviales.

-Cosas de la vida, acababas de entrar al consultorio y nos quedamos sentados callados. Hasta que sonó su celular y se apartó por un buen rato, te juro que pensé que hablaba con una chica; porque se puso nervioso, le gritaba al teléfono y caminaba de acá para allá. Hasta que, todavía con el aparato en la oreja, se volvió a sentar y dijo un “Comete vos los fideos, mamá. Te digo que estoy en un hospital y la están atendiendo a una amiga”…o algo así, y cortó. Estaba rojo, yo me maté de la risa. Imaginate con diecinueve años que tiene es un nene de mamá, y yo con mis veinticuatro me hace sentir casi adulta

-No es mucha diferencia cinco años, en realidad- opinó la otra

-Bueno la cuestión es que algo mayor que él soy y me sentí en la obligación de tomar las riendas del asunto. Lo miré a los ojos y le dije “¿Te morirías por mí, no?”

-Bastante extremista, la opción de morir en tu compañía, ¿no lo espantó?- preguntó en tono de burla
-¿Qué si lo espantó?, lo desarmé. Estaba tieso como una roca y tartamudeó algo ininteligible. Por eso lo tomé fuerte de la camisa y me fundí en él- contestó alzando las cejas con una sonrisita de suficiencia- llegaron ustedes y…estamos entrando al auto.

Mientras tanto a Gabriel se lo ocurrió una pregunta parecida a la de Cecil, como todo humano curioso, que le da algo de vergüenza preguntar cosas de su vida a los desconocidos, dijo con prudencia:

-¿Cómo pasó eso?

-Y, ya sabes- le respondió bajando la voz- Cayó muerta a mis pies, siempre les pasa…no es mi culpa, yo no lo puede evitar. Es lo que soy- enfatizó con la misma sonrisa de suficiencia que llevaba Marianela en sus labios.

Sus sonrisas se cruzaron y cada uno más orgulloso que el otro se subieron al auto de Gabriel. Luca en el asiento de adelante para adentrarse en una larga y exhausta conversación sobre todo los planteles de primera división del fútbol nacional, un hondo suspiro se sintió en el asiento trasero que llevaba a las dos muchachas

-No, no, no. Racing en cualquier momento pasa a la B, Independiente es el más grande de la Argentina, sin duda alguna- decía Gabriel

-Callate, muerto. Boca no estará en un buen momento…pero las intercontinentales que lleva consigo hablan solas- retrucaba Luca

-Para, para, para- gritó Cecil desde atrás haciendo un gesto de “Stop” con la mano. Gabriel pegó un volantazo y rayó la calle con sus gomas gastadas después de un chirrido. Todos la miraron alarmados, a ver que le había pasado. Ella se bajó corriendo del auto y entró en un kiosco, a los cinco minutos ya estaba de vuelta en el auto con una expresión tranquila en el semblante.

-La vez anterior te lo pregunté, pero ahora lo afirmo: L-o-c-a- apuntó Luca pronunciando de manera acentuada cada letra de la palabra “loca”.

-En ese kiosco, venden mis galletitas favoritas- comenzó Cecil con la boca llena- Y el doc. Me recomendó hidratos de carbono

-No por excelencia- opinó Gabriel aferrando se la frente- y tampoco que sea algo de vida o muerte el consumo

-Las quería comprar, porque tenés que probarlas. Me dijiste que las galletitas rellenas de limón no te gustaban por ser ácidas…pero si nunca les dabas una oportunidad, nunca sabrías- volvieron los ojos distantes a la expresión de la chica. Le repartió unas cuántas a cada uno y saborearon en silencio sin replicar. Luego de un rato Gabriel habló:

-Me gustan…es más, son las galletitas más ricas que probé en mi vida- y volvió a emprender la marcha hacia el nombrado bar de Marianela “Le suite de Recoleta”.

Al llegar, el famoso Roberto Landau los recibió con una cálida sonrisa y una frondosa cena. Todos parecían contentos y con aire de esperanza en el ambiente; aunque no para Luca. Él estaba a punto de vomitar, en cuanto, se atragantaba con aquella comida, de la cuál no conocía ni el nombre. ¿Qué había echo? Estaba comiendo con el enemigo…y acababa de besar a su enemigo. Y ahora el estafado señor Landau, era una especie de suegro y lo recibía con los brazos abiertos. ¿Quién era él? Un ladrón, y esa gente se había portado espectacular con él. ¿Y sus amigos? ¿Qué dirían?

Todo esto retumbaba en la cabeza del joven y fue interrumpido por unos gritos, que en un principio creyó que era su moral que había explotado y estaba dando un discurso de cómo no pisar la misma piedra dos veces, o acaso tres o cuatro. Muchas macanas había cometido en su vida, empezar a arreglarlas podría ser una buena idea. Si primero lograba salir de aquel enredo. Debería anular la transacción, antes que Roberto se de cuenta de una inminente pérdida en sus ahorros financieros. Tenía que conseguir que sus amigos no lo matasen primero, y por último, y no por eso menos importante, quedarse con la colorada despampanante.

-Señor Landau, yo a usted lo respeto de corazón. Pero su hija es una porquería, me dejó el local todo el día. No me preguntó si yo podría cubrir su turno, se fue con sus amiguitos y yo acá. Tengo un hijo de tres años en casa que me espera, para que le de su comida y lo arrope. ¡Ésta estúpida no me puede quitar el preciado tiempo de mi día!- gritaba la empleada que había reemplazado a Marianela.

Roberto se había quedado helado y sin palabras, no sabía si consolar a la mujer por el mal día que había tenido. O echarla de su local por insultar a su hija. No hay peor cosa para un padre que el maltrato a un hijo.

-Perdón, Romina…no fue mi intención- susurró Marianela, desprovista de su tono enérgico y su carácter dominante. La mujer la observó dos instantes y le estampó la cara de una cachetada, pronunció un “renuncio” por lo bajo y se adentró en la helada calle, mientras gruesas lágrimas caían por sus mejillas.

Todos quedaron en silencio y no se atrevieron a preguntar nada. Marianela se sentó en una silla y alejó con un gesto a quienes se acercaban a consolarla. Levantó la vista y sus ojos estaban inundados de lágrimas, su mirada perdida, rememorando flashes de su vida en un pequeño lapso.

-Tiene razón- entonó en voz alta para que la escuchase todo el local- No pensé en ella al irme del negocio…sólo pienso en mi. Quizás tiene razón la gente al pensar que vivo en una burbuja, que sólo me preocupan estupideces. Romina tiene mi misma edad, y es el sustento de una familia. Yo no tengo esa necesidad ¿Soy culpable de eso? Soy inútil.

-Hija…-dijo el padre con pesar.

Marianela se levantó y salió por la misma puerta que entró. Con la cabeza gacha y el autoestima derrumbado, dejando “Le suite de Recoleta” en un tono sombrío y apagado. Cecil, Gabriel y Luca se miraban atónitos. Hicieron un ademán de salir en busca de su amiga, pero el señor Landau los frenó.

-Déjenla que con su corazón, va a resolver el dilema-.

No hay comentarios: