domingo, 2 de mayo de 2010

Ensueño en Buenos Aires. Capítulo 5

5.
Nace una flor; muere un amor.

Un mes después del encontronazo de nuestros cuatro protagonistas ocurrió lo narrado a continuación:

1. Cecil & Gabriel

Te vi... juntabas margaritas del mantel
Ya se que te trate bastante mal,
No se si eras un ángel o un rubí
O simplemente te vi.
Fito Páez.


En el barrio de Quilmes, Cecil dormía en un pequeño departamento. Contaba con un living- comedor que a su vez era su pieza, pues tenía un sillón-cama. Había una angosta cocina de dos hornallas y un baño sin bidé. Con su sueldo, era más de lo que podía pedir sin ayuda de sus sobre protectores padres que vivían cerca de Marianela, de ahí se conocían.

Todos los días a las seis y media, ni un minuto más, ni un minuto menos se despertaba. Se dirigía a la cocina y preparaba el mate amargo. Realizaba una rutina de ejercicios al compás del sol, repasaba sus libros de filosofía abarcando desde los antiguos griegos hasta los más contemporáneos de su influencia. Salía a caminar y anotaba todo lo que veía interesante en las personas para incluirlos en las notas de la revista.

Volvía a su casa a las doce del mediodía y antes de eso, su nueva costumbre era llamar a Marianela e informarse de todo lo que su amiga tenía para contarle; era su nueva confidente, su asesora y consejera. Aunque rara vez, sus palabras valían la pena. Pero era un alivio para su amiga, desahogarse cada vez que tenía una pelea con Luca o con su padre, o simplemente para contarle lo bueno que había sido el día. Marianela se encargaba de que en su vida, hayan más días soleados que nublados y ser una persona positiva y confiada la ayudaba a ser más feliz que la gente promedio. Además era una alegría simple y contagiosa, tanto que se la pegaba a Luca, como a Gabriel o como a su mejor amiga, Cecil.

Cuando Cecil regresaba a su casa se encargaba de lavar y planchar la ropa de muchas de las vecinas del edificio. No crean que haciendo notas en una revista de mala paga iba a sobrevivir con la economía del país. Ella, era una especie de tintorería casera, y muy conforme quedaban las señoras mayores que ya no tenían ganas de asear sus ropas; ya que Cecil ofrecía un mejor precio. Ya había terminado la primera tanda cuando repentinamente el timbre que nunca sonaba, sonó.

Un sonriente Gabriel estaba en la puerta. La chica quedó atónita y sorprendida.

-¿Cómo sabías mi dirección?- preguntó extrañada
-Quedamos una vez en que la gente dice…
-Hola
-Vas aprendiendo
-Gracias
-Era una ironía….no importa no digas más nada, porque la arruinás.

Cecil lo hizo pasar guardando el silencio que la ayudaba en las relaciones sociales, tratando de parecer inofensiva.

-¿Qué te pasó en la cara?- dijo acercando su mano al rostro de él, en el que se veía un profundo tajo que empezaba a cicatrizar.

-Larga historia, por eso vine. Pasó que llegué como siempre a las ocho treinta al hospital y me encuentro con un paro; los enfermeros y algunos médicos que no tenían ganas de trabajar tomaron el hospital y solo atendían urgencias en la guardia…- Cecil lo observó interesada en su historia, tomaron asiento mientras ella iba por el mate y las medialunas, y Gabriel siguió contando- Entonces, yo quería atender a mis pacientes, porque no atender a la gente, no me parece la manera de reclamar. Y cuando quise entrar a mi consultorio, un enfermero me encajó una piña de improvisto.
El resto ya te imaginás; me quise defender. Vinieron otros a separarnos, el me cortó con el bisturí, diciéndome que era un hijo de puta por no respetar la protesta y bla bla bla. Hasta que me convencieron de tomarme el día, porque los pacientes asustados por el quilombo, se tomaron el raje. Y de todas las cosas que hoy podría hacer en un día libre; decidí venir a saludarte- concluyó con el último sorbo del mate.

Cecil sonrió y se llevó una medialuna a la boca, mostrándole que seguía haciéndole caso al doctor.

-No quiero que te ofendas, porque las mujeres suelen ofenderse cuando se les dice algo así…pero te lo digo como profesional
-Ya sé- interrumpió la chica- Estoy más gordita. La verdad no me ofende, no soy una mujer “usual”, yo no comía por el ascetismo; no por estar flaca…no creo en la realidad impuesta. Pero, me dí cuenta que eso no era en verdad un sacrificio real. Escuchar a los demás como mis pares, no ser egoísta…eso es más difícil, pero lo estoy intentando.
-Viste, los hidratos de carbono hacen magia- los dos rieron despreocupadamente- Tengo una idea…pensé en ir a pasear por los lagos de Palermo ¿Qué te parece?
-Me parece genial.

(…)

Aquel día Marianela y su papá recibieron la noticia; más bien las boletas que le anunciaban en otras palabras que era el final de su vida monetaria, que su economía se venía a pique. Había un increíble agujero negro en su cuenta que no sabía de dónde salió. Literalmente, desapareció la plata. Pensó el señor Landau. De a tanto en tanto fue asumiendo la cruda realidad, y con su confianza, creyó que fue una mala inversión, una baja en la bolsa de valores en general, una inesperada crisis…a Roberto se le ocurrieron las mil y una posibilidades; excepto la de una presunta estafa.


Luca, ese día, recibió una postal de Brasil con sus sonrientes amigos. Él rechazó todo dinero que viniese de la cuenta del padre de su “casi” novia. El problema era que entre ellos nunca usaron ese tradicional término. Un día Marianela le preguntó, “¿Qué eran ellos dos?”. Y Luca le dijo “No sé, pero nosotros estamos juntos, vos sufrís, yo sufro”.
Pero esas palabras quedaban tapadas con la mentira, él no quería contarle, o no podía. Sabía que se había cumplido un mes desde la estafa, y que en cualquier momento, la familia Landau iba a tener que desprenderse de muchos de sus bienes…casi se atrevía a decir que lo más probable para ella era un cambio de nivel social, un cambio de ingresos. En un principio dejar a una “chetita” en una casa normal, sonaba como el plan perfecto, ahora era la perdición. Luca, tenía una confesión que hacer.

(…)

-Desde los ocho años que no me subía a éstos botecitos- decía Cecil entre risas, mientras “navegaban” por la mini Venecia argentina.
-Mal echo, son de lo mejor. Me encantan estos patos que con una miguita de pan te persiguen hasta la General Paz.

Y así pasaron el día, caminaron por el rosedal. Dónde encontraron que el paraíso está escondido en el infierno. Porque en medio de una ciudad tumultuosa se esconden las más preciadas cosas. Compraron unos pochochos y disfrutaron del azúcar en el banco de una plaza. Mientras Cecil le compartía su mundo; aquello de sentarse y observar la gente pasar para escribir sobre ellas en sus notas de la revista.
Le mostró como observar realmente al mundo, le dijo que preste realmente atención a lo que hacían los menores de seis años y que en ellos iba a ver la verdadera felicidad en todo ese lugar. Que mirase a cómo se miraban entre ellos, pero no se observaban y la abismal diferencia que había entre ellos. Mirar los ojos de las personas y ver que simple somos todos, cuántos problemas iguales, cuántas alegrías imperfectas.
También miraron la violencia, divisaron la discriminación, la falta de respeto y la indiferencia a la vida. Buenos aires guardaba los secretos de todos los habitantes en sus calles, en sus manzanas, sus plazas, sus bares y las casa. Nada es predecible en este lugar.

-Pensé que simplemente estabas loca. Pero…tiene mucho sentido lo que decís- puntualizó Gabriel
-Vivo atormentada de sentido, esa es la parte más pesada- canto Cecil riendo-
-Si…eso entendí. Te veo mirando al lado del camino. Pero, podemos caminar juntos.

Gabriel se levantó del banco y se desperezó. Tomó a Cecil de la mano y la obligó a bailar un vals. Se reían mucho, pero la gente pasaba y los miraba mal. Hasta que un nene que pasó con su perro se unió a la danza, lo mismo dos abuelas y unas colegialas.
Miraron a su alrededor y vieron como es crear un minuto de maravilla en medio de la desolación. Gabriel la tomó entre sus brazos y, por primera vez en dos años, pudo sacar el estigma de su antigua novia, ver a Cecil con ojos nuevos y supo sorprenderla con un beso de película, de esos que no se olvidan. Ella respondió con sus labios apurados y dejó que la música de ese imaginario vals, circulara como vino por sus venas.



2. Luca & Marianela

Si aún te queda algo de amor dentro de tu corazón
no me mires a los ojos
que me muero, yo me muero de dolor.
Hacelo por mí
Attaque 77

Luca se levantó a la madrugada y se enfrentó con la realidad que le tocaba vivir; a su lado aún dormía el hermano más pequeño, acurrucado en un rincón, tapándose con la única manta que cubría la fría cama. En un colchón tirado en el suelo dormían las hermanitas mellizas de diez años, y cada día, se turnaban por quien dormía en el suelo y quien en la cama.
El chico se acercó al comedor, donde el novio de su madre se hallaba dormido con la cabeza sobre la mesa y unas botellas de cerveza a su alrededor, mientras Marcela, la mamá, intentaba despertarlo

-¿Hasta cuándo vas a aguantar esto?- le dijo Luca con desdén

Ella ignoró el comentario y le sirvió un mate amargo a su hijo mayor, cuando se dispuso a mezclar el detergente con agua, para limpiar el piso. En ese momento, Rafael levantó la cabeza y podían observarse los ojos inyectados en sangre, el desagradable aliento a alcohol que desprendía y su aspecto completamente desalineado

-Servime algo de comer Marce, y traéme otra botella- le ordenó
-No tengo. Nada de nada. Hay que ver lo que hoy nos trae Luca- dijo Marcela con cierto temor
-¿Yo tengo que pedir y trabajar para este borracho? Te fuiste al carajo vieja- gritó Luca
-No le hablés así tu madre-
-¡No te metas! Sos vos el problema acá. Sos un vago y pago yo tus platos rotos. ¿No te da vergüenza que una mujer te mantenga?- Preguntó un Luca sumamente enojado, un chico diferente al jovial y divertido que todos conocían.

El hombre en su afán de levantarse, derribó una botella que fue a estrellarse al piso y se partió en pedazos. En cuanto, Marcela, suplicaba para que sus dos hombres no pelearan. Rafael tomó por el cuello a Luca y lo empujó lejos, hasta darse con las precarias paredes de chapas. Y, mientras su boca sangraba, logró levantarse airoso y fulminar a su madre y padrastro con la mirada; en tanto ella consolaba a Rafael.


Luca llegó a Recoleta y sintió la familiar sensación de estar en otro mundo, otra época, otra gente. Por momentos sentía un profundo odio e inevitable rencor y, por otro lado, todo de aquel lugar le recordaba a Marianela.
La pelirroja esperaba su llegada recostada sobre la puerta de su casa y en su expresión de preocupación, Luca notó que seguramente se trataba de algo atípico y un nudo se formó en su garganta

-¿Cómo estás princesa?- Le preguntó a modo de saludo, haciendo una pequeña reverencia, como si se tratase de un verdadero príncipe.
-No sé…hoy pasó algo raro- contestó y descendió hacia la calle a recibir a su príncipe versión siglo veintiuno; con sus ojos verdes, otorgados por los lentes de contacto, su gorra de Nike, el piercing en la ceja, y la remera del Barcelona- le llegaron unas notificaciones medio raras a papá.

-Te voy a llevar al mejor lugar de comida que conozco, así te despreocupas- dijo Luca por fuera, mientras por dentro su voz decía “te lo voy a contar”

-Suena bien- contestó con una sonrisa- Puede que sea un error lo otro- ¿Otra vez me vas a obligar a viajar en colectivo y que mis uñas se llenen de tierra?- preguntó con fingido asco.

Llegaron a la costanera, pasadas las once de la mañana. Marianela jamás se había detenido en aquel lugar, solo pasado con el auto.
Era un lugar muy activo y de aspecto festivo. Como todo primer día de fin de semana, se encontraba lleno de nenes correteando por el pasto, mientras alguna madre le pegaba un grito como “No te subas tanto a las rejas, que te vas a caer al agua sucia”

La joven sabía bien que aquella agua sucia, no sólo estaba sucia. Estaba contaminada y realmente era un peligro para esos chicos…la primera impresión de pasivo lugar familiar, había desaparecido de la sien de ella.
Aquel era de esos lugares que se parecen al cielo y al infierno a la vez, mientras algunos adolescentes se encontraban tomando desmedidamente en un rincón, otros jugaban a la pelota y algunas familias enteras incluyendo a la abuela y el perro disfrutaban del sol y el viento fuerte del lugar.

Seguía recorriendo sorprendida el sitio con la mirada y hasta se asustó cuando creyó perder de vista a Luca, hasta que lo divisó en uno de esos famosos puestos de comidas al paso.
-¿vamos a comer comida de camionero?- susurró la chica al oído de su novio
-Vas a comer el mejor “Choripan” del mundo. Con el mejor chimichurri…hasta la mayonesa, el tomate y la lechuga parecen de otro mundo. No te vas a arrepentir- dijo solemne, con la misma emoción que solía usar el chico, para hablar de fútbol

Marianela vio como un hombre acababa de adquirir uno de esos sándwiches y al morder los condimentos se esparcían por los extremos y sintió un severo rechazo a ese lugar
-Eso es demasiado grasoso… ¿cuántas horas de gimnasio voy a necesitar para eliminar eso de mi cuerpo?
-No exageres, lo probás. Sino te gusta, yo no tengo problema en consumir dos- le explicó riendo

Entonces la chica accedió al acuerdo y tras masticar un pequeño pedazo con parsimonia y mantener los ojos cerrados exclamó
-¡Dios! Es genial- y lo degustó como si se tratase del caviar que tan acostumbrada ella estaba.
-Tenemos que hablar- dijo Luca, volviendo a la tierra y esas tres famosas palabras atragantaron la garganta de la chica.

Se sentaron y luego de media hora, tras correr gruesas lágrimas por ambos rostros, el chico contó toda su verdad: Desde haber pasado tiempo en la cárcel, tener una familia un tanto convulsa, hasta su plan sobre Roberto Landau anterior a conocerla, y cómo es que su dinero terminó en Brasil.

Marianela no había dicho ni una sola palabra y estaba con su cabeza agachada con las manos tapándole el rostro del llanto. Respiró profundo y levantó la cabeza

-¿Qué pensás hacer?- le preguntó furiosa- ¿devolverme el esfuerzo de toda una vida de mi papá para mañana, o ir preso?
-No puedo devolverte la plata…no la tengo- objetó con profunda tristeza y extendió su mano en una caricia que fue fuertemente rechazada- Pero, por vos, voy preso. ¡Qué me encierren toda la vida si es posible!
-El drama dejalo para las películas- le dijo con desdén- vamos ya mismo a la comisaría más cercana, hijo de puta.
-Perdón, mi vida- suplicó
-¡Cerrá la boca!- gritó con enojo y las gruesas lágrimas de bronca mezclada con tristeza salían de sus ojos.

En un silencioso viaje llegaron a la correccional y en la puerta a un paso de entrar Marianela tiró de él y lo alejó a unos cuántos metros de la entrada.

-Te amo, más allá de quien seas, aunque más quiero y cuido de mi padre. Pero jamás te dejaría de nuevo en un lugar así, jurame que verdaderamente estás arrepentido- le suplicó con pasión
-Me arrepiento, es lo peor que hice en mi vida- le dijo con voz queda, pero mirándola a los ojos y rozó sus labios con los de ella, mientras la chica cerraba fuertemente sus ojos tratando de negar la situación
-Andate- le suplicó y lo apartó de sí.

Luca corrió y corrió hasta ser solo una figura borrosa en la calle, y Marianela lloró como jamás lloró en su vida.

2 comentarios:

Carolina dijo...

Gracias!
Por entretenerme ahora en mi tiempo libre, que me he mudado a un apartamento en buenos aires, lejos de mi familia, gracias por lograr despejarme y así no los extraño tanto.

rocio 77 dijo...

Gracias a Vos por pasarte a leer! :D