viernes, 5 de marzo de 2010

Ensueño en Buenos Aires. Capítulo 3

Hola Chicas!! Gracias por los mensajes ♥ Acá les traigo el tercer capítulo ^^ Espero que les guste **fiesta**

3.

Caminar de la estación de Once al bar de Marianela en pleno Recoleta no es tarea fácil, menos aún si llevas veinte horas de ayuna exceptuando una coca-cola del Mcdonalds.

Cecil aspiraba el aire como si fuese fuente de energía para seguir la caminata, pero no parecía suficiente, sabía que necesitaba azúcar y agua, su cuerpo pedía aquellos dos elementos a gritos. Hasta que, por fin, divisó el bar de su amiga y una ola de alivio la embargó.

-Agua…Hola- logró pronunciar acercándose a la mesa en la cual su colorada amiga se encontraba con un chico que no parecía encajar en toda la delicadeza del lugar. Trató de mirar a los ojos a Marianela, pero todo se tornó borroso y un mareo la sacudió. Se aferró al borde de la mesa y calló desmayada

Luca preguntó quien era la loca esa, Marianela le pidió que la ayudase a levantarla. Los demás clientes del lugar miraron alarmados. Mientras la chica que remplazaba a Marianela resopló ruidosamente para demostrar su descontento con la situación “Y la boluda sigue atendiendo mientras vos ves a tus amigos” se dijo molesta.

Después de que la tendieran en el suelo. Luego de que levantaran sus piernas para que la sangre volviese a la cabeza. Minutos más en que le sirvieron café, medialunas y el color comenzó a volver a sus mejillas, su mirada entrañable se repuso con unos pestañeaos y recobró la conciencia del lugar en el que se encontraba.

-Muy bien, amiga. Te ganaste un café y unas medialunas gratis, ¿tenías que hacer todo ese teatro?- se burló Marianela y revolvió cariñosamente el cabello de Cecil. Luca pensó que aquello de fingir un desmayo hubiera sido más simple que dejarse atropellar con un auto.

-¿Quién sos?- preguntó Cecil dirigiendo una mirada perspicaz al chico- Ah, ya me imagino. Un nuevo amigo de Mari- concluyó acertando el origen de Luca en el bar tan paqueto de su amiga.

-¿No tendrías que ir al médico?- dijo Luca por fin- Te diste un golpecito. Seguro vas a decir “No, estoy bien”- habló imitando una voz de mujer histérica- Y nosotros vamos a decir “Tenes que ir” y así durante un rato hasta que digas “Bueno, vamos”.

-Bueno, vamos- dijo Cecil imitando la imitación de Luca. Y los tres emprendieron hacia la calle, mientras la empleada los miraba con odio “Marianela. ¿Qué le digo a tu papá?” gritó la chica cuando estaban en el umbral de la puerta. “Que me fui a acompañar a Cecil al médico, el ama la caridad” contestó con una sonrisa de suficiencia.

Luca se atragantó con su saliva y se dispuso a toser para ocultar su nerviosismo. Se había olvidado del plan maestro que sus amigos estaban realizando en el banco para estafar al padre de Marianela, mientras él se hacía el-chico-bueno-solidario acompañando a dos desconocidas ¡Que día loco! Pensó.

Marianela contaba con un auto de lujo, un Honda Civic, que su padre le había regalado al cumplir sus recientes veintitrés años. Pero, a pesar de ser una terrible consentida, le gustaba caminar de vez en cuando y ese día había ido a trabajar a pie. Por ende, debían de usar otro transporte para ir al Hospital Italiano de Balvanera, porque allí trabajaba Gabriel; ya que Mari tenía una increíble fobia a los médicos, excepto por su amigo, en él sí confiaba

Luca se aventuró a revolver en sus bolsillos tratando de encontrar monedas para tomar un colectivo que los lleve a alguna clínica. Miró su reloj y observó que sus amigos ya Habarían terminado de realizar la transacción y estarían volviendo al lugar a buscarlo ¿Qué pensarían si lo encontraban ayudando al enemigo? Decidió parar un taxi y rezar que la pelirroja tenga un par de billetes encima

-¡Que buena idea!- observó Marianela- No te preocupes, yo lo pago- le susurró cuando se deslizaba en el asiento trasero con Cecil

-Vas a ver que bien que Gabi atiende…y eso que yo detesto a los médicos- le comentó Marianela a su amiga pasado un rato

-¿Gabriel? ¿Me va a atender él? No…por eso vine a verte, ahora que me acuerdo. Él se enojó conmigo y me siento medio culpable- Contestó Cecil en tono bajo y prosiguió a contarle a su amiga todo lo sucedido en el Mcdonalds

-Eso te pasa por loca, amiga- interrumpió Luca desde el asiento de adelante y el tachero asintió con la cabeza a favor del chico

-Eso me pasa por meterme en la vida de la gente, nada más- dijo concluyendo su historia con un largo suspiro de pesar- y vos, amigo ¿Dónde vivís? No pareces de la zona- preguntó enfatizando la palabra amigo

-Por ese tipo de comentario es que la gente se enoja, Cecil- la retó Marianela, pero luego frunció el ceño con curiosidad y retomó la pregunta de Cecil- ¿De dónde saliste Luca?

-De mi casa- contestó con tono infantil y se cruzó de brazos al sentirse ofendido ¿Se cree que soy un ladrón por no vestir como ellas? Aunque la loca…no viste bien tampoco. Pero sus pensamientos cayeron en la inminencia de que era un ladrón- De la villa 31 ¿Algún problema?-

El taxista lo miró de reojo preguntándose si estaba hablando en serio. Cecil asintió con la cabeza sin mucho entusiasmo, cómo a quien le recitan un cuento repetido en el que ya conoce el final poco sorprendente y Marianela estalló en una carcajada “¿De verdad?” Le preguntó, él no respondió sintiéndose incómodo y juzgado. La sonrisa de ella se convirtió en una fina línea

La moda que usaban los adolescentes a veces hace que te confundas, pensó Marianela, porque no me extrañaría que un chico del barrio enojado con sus padres se revelara usando esa ropa tan típica que llevaba puesta Luca; La remera de algún equipo, de un talle más grande al que corresponde su cuerpo, las bermudas, las zapatillas Topper y la visera para un costado. No se imaginaba que fuera realmente de una villa, se sintió culpable y ahogó sus disculpas por temor a que alguna lágrima se asomase en sus mejillas a causa de la hipocresía que había cometido. Bien que su padre le había enseñado a no juzgar.

Pero las mismas lágrimas que Luca estaba reprimiendo eran muy distintas a las que los otros tres pensaban…a pesar de que lo estén prejuzgando por su origen, de una manera horrible habían acertado en la desconfianza hacia su persona

-No te preocupes, Luca- dijo Cecil mirando por la ventana, ya se estaban acercando al fin de su viaje- Fue sin querer lo de Marianela…ella se llama Landau y no me odia porque mi apellido sea Goethe, es más nunca le importó, es mi mejor amiga.

Marianela la miró con una sonrisa, y recordó qué, por comentarios como ese es que la gente la quería y sintió un profundo afecto hacia ella. En cambio, Luca la miró extrañado “¿Qué tiene que ver eso?”

-Mis bisabuelos eran alemanes, nazis…y los bisabuelos de Marianela eran judíos rusos. Quien sabe si fue mi bisabuelo el que mató al suyo en un ghetto, yo no tendría la culpa de eso, como vos no tenés la culpa por vivir dónde vivís. En donde son todas ovejas negras, siempre hay una blanca- concluyó con la mirada aún más soñadora que de costumbre, cuestión que pareció alarmarlos a los otros dos

-Se habrá pegado un golpe fuerte- comentó el taxista cuando detuvo el auto- son veinticinco pesos-

-¿Veinticinco? Acá el único chorro es usted- objetó Luca

-¡Luca! No seas maleducado. Acá tiene. Vamos, antes que se vuelva a desmayar.

Estuvieron un rato largo en la sala de espera y Marianela se encargaba de decirle a cada médico que iban a esperar a que Gabriel se desocupara para atenderlos y atrás de eso venían las quejas de Cecil queriéndose atender por cualquier otro doctor.

Pasó una hora y media y Luca comenzó a contar baldosas para entretenerse. En la sala había trescientas seis, de las cuales doscientas eran azules y ciento seis eran blancas.

-Mari ¿Qué te pasó?- dijo Gabriel recibiéndola con una gran sonrisa a su amiga. Los tres jóvenes se acercaron a la puerta del consultorio

-A mí, nada. Ella es la enferma- contestó señalando a, una arrepentida de estar ahí, Cecil

-Cecil…imagino que el ascetismo te trajo a mis manos- contestó con un tono de burla, que era preferible al de enojado anterior

Sí, por el ascetismo vengo a tus manos, pensó una irónica Cecil mientras entraba al consultorio con una expresión sombría en el semblante y una canción que navegaba en el inconciente afloró en su mente

En tu planeta me quedé

Fue por un tiempo

Nunca fue mi plan

Peri mi nave se averió

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