sábado, 13 de febrero de 2010

Ensueño en Buenos Aires. Capítulo Primero

Ensueño en Buenos Aires

Sinopsis:

Marianela es una chica de Recoleta con un corazón abierto. Luca es un chico de la 31 con un prontuario en la cárcel. Gabriel es un joven doctor con un pasado incierto. Cecil es una extraña filósofa. Juntos enlazarán sus vidas por el destino en un único escenario; Buenos Aires.

1.

Era una tarde tibia de abril, cuando todo comenzó hace muchos años atrás.

La gente deambulaba por la plaza Miserere como de costumbre, con el paso apurado y la vista clavada en los transportes que debían subir; algunos a los abarrotados colectivos, otros bajando y subiendo las escaleras del subte, también estaban quienes llegaban del tren, los taxis, o simplemente sus pies.

Todos conviven en ese paisaje: La gente de camisa y corbata, los estudiantes; públicos y privados, el diarero, el linyera que duerme en la esquina de la estación, vos, yo, ellos y todos los pronombres.

Las personas…pasan desapercibidas porque son muchos y diferentes, porque es sólo eso, un lugar de paso y me gusta sentarme acá todos los días y verlos pasar. No soy parte de ellos, pero siento que los conozco a todos.

Cada día a la misma hora se aventuran a las mismas cosas. A las 7:30 sé que un tren arriba y en pocos minutos una ola de gente va a tapar mi visión de la entrada, que el linyera da media vuelta en su colchón para tapar el ruido que hacen al pasar. La chica de la florería toma su café, mientras el boletero bosteza a las 7:33 y luego sigue con su tarea.

Cada día a la misma hora, simultáneamente. Pero la gente no ve al linyera, el boletero no ve a la chica de la florería y ella no lo ve a él.

Cecil escribía estas palabras en su cuaderno, dentro de cuatro horas debía entregar su columna sobre las localidades de Buenos Aires a la revista local de Balvanera…esa le parecía bastante sencilla, era un lugar tan reiterativo y abarrotado que las cosas resultaban evidentes. Pero su columna no estaba completa hasta no entrevistar a algún ciudadano especial del lugar, aquello era más difícil porque no conocía a nadie particular en aquella zona. Pero su amiga Marianela sí, ella conocía a medio mundo ¿cómo no conocer a nadie interesante que sea o trabaje en el Once? Le había dicho, tras eso, Cecil fue a encontrarse con un joven médico que trabajaba allí y hacer unas preguntas sobre la gente, el lugar, la atención y cuestiones políticas.

Seguramente nadie en el país leí su nota semanal, pero ella lo hacía con todo el esmero y el compromiso social que podía, aunque en vano, es gratificante para mi paz mental, se repetía una y otra vez.

Se acercaba la hora. Entonces se levantó y con parcimonia cruzó la calle, yéndose de dicha plaza, entró en el Mcdonalds y subió a la planta superior que se encontraba abarrotada de chicos, comida en el piso y cola en el baño

-¿Sos Cecil?- preguntó al cabo de diez minutos el esperado doctor, parecía de unos veintiséis años, pero su mirada era tan seria y hasta reacia que aparentaba unos más- con tantos lugares tranquilos…¿por qué un Mcdonalds?- dijo tratando de componer una sonrisa mientras observaba a los chicos que saltaban a su alrededor

-Porque es impersonal y barato. Aunque el de mi barrio no está tan colapsado- reflexionó a modo de saludo

-¿Dónde vivís?- preguntó mientras se sentaba

-En Quilmes- respondió tras un sorbo a su bebida

-Hola- dijo como quien se ha olvidado lo más importante

-Sí, para la gente es imprescindible decir “Hola, soy Cecil, encantada”- resopló en un tono de burla

El la miró con el ceño fruncido, preguntándose si Marianela lo había mandado con una pequeña reportera o con una simple chica irrespetuosa

-Perdón, ya sé estás apurado- repuso Cecil sacando nuevamente el cuaderno y una birome- Pregunta 1: ¿Cuánta gente llega con heridas graves los fines de semana a causa del excesivo consumo de alcohol, drogas u otras sustancias?

-No estoy apurado, aunque tengas ese concepto de todo el mundo. Sos la mejor amiga de Marianela, yo la quiero mucho. Debemos tener cosas que hablar en común antes de tus preguntas- objetó con esa serenidad y seguridad que Cecil percibió desde el primer momento-

-Bueno, muy bien. Soy Cecil- comenzó con un suspiro la interpelada- Persona no promedio, que aspira a cosas grandes, muy lejos de la mediocridad…con cosas grandes no pienses en lujo, ni tener un dineral, ni una gran casa o auto.

Lo mío es algo espiritual, quiero terminar de construir bien mi vida asceta y alcanzar el Nirvana. Como ves seguro que no era lo que querías escuchar de alguien, así que pasemos a las preguntas y liquidamos esto.

-No tengo idea que es ser asceta o que es eso del Nirvana- comentó con la mirada en blanco, sintiéndose arrepentido de haber alargado aquella conversación

-Ser asceta es algo así como desprenderse de lo material y sólo tener lo que es necesario para sobrevivir, y el Nirvana para los budas es el éxtasis del espíritu, algo así como llegar a lo perfecto, a Dios.

-Eso es lo último que esperaba escuchar- anunció con una sonrisa, colocó su maletín sobre la mesa y se desprendió de su especie de guardapolvo blanco de doctor, un par de mujeres; adolescentes, ancianas y solteronas se quedaron mirándolo- Soy Gabriel, cirujano del hospital público. Hago algo útil por la comunidad. Puno final

-¿Nada más?- preguntó extrañada- Ni traumas familiares, ni perdidas de amigos que hayan atado a tu conciencia a salvar vidas

-No salvo vidas, hay la misma cantidad de muertes que de nacimientos- refutó cansado de que consideren a su profesión como un héroe, como si fuera un bombero o policía.

-¿Nacimientos? Dijiste que eras cirujano, no obstetra. A vos no te tocan los nacimientos

-Gracias por recordármelo- respondió algo tajante- ¿No querés comer algo? Ya es mediodía

-Te dije que era asceta sólo como si me estoy por desmayar

-Dios, eso es estúpido

-No hablemos más, es estúpido que intentes entenderme o yo a vos. Mi vida es algo más profunda que la del resto, y la tuya demasiado práctica. Por lo que supongo te tenés que apurar para llegar a casa porque tu joven esposa te espera con un plato de sopa al lado de la dulce Candela, o Jazmín o el pequeño Juanito o Gabrielcito junior.

-No me espera ninguna esposa con la sopa, ni ningún nene sonriente- enfatizó mostrando sus manos desprovistas del anillo comprometedor- a ver, adiviná mi tragedia, porque como veo, pensás que todos tienen un pasado atrás

-Yo no adivino, sigo los datos que veo. Todas esas mujeres dieron la vuelta cuando te sacaste el guardapolvo, eso es a causa de tu barba de pocos días, de los ojos verdes y del maletín que llevas con vos. Extraño sería que no te hubieras casado con tus veintiséis años…y por lo serio que te ves, tampoco aparentás una vida muy feliz, por lo que supuse eras casado. A menos que te hayas separado ya- terminó y dejó de hablar porque vio que él parecía a punto de quebrar esa imagen de control que llevaba consigo, unas cuántas lágrimas reprimidas.

-Bien, no me casé- expresó agachando la cabeza y borrando de un soplo las lágrimas que querían asomar. Cuando se recuperó irguió la cabeza y continuó- Tuve una novia hace dos años, a los veinticuatro. No se si nos amábamos, pero hubo tantos días felices como noches infelices. Estábamos bien, digamos.

Hasta que ella quedó embarazada, eso nos unió, por lo menos a mí, sí. Estaba entusiasmado, creía que un hijo era lo que le faltaba a mi vida ese vacío que uno siempre siente, veía que se llenaba. Pero ella no era feliz conmigo, un día desperté y se había ido. La busqué y no la encontré.

Marianela también era amiga de ella y no pudo evitar contarme que se fue con otro, que salió del país, pero no siguió contactándose con ella porque sabía que me lo iba a decir.

Ese día perdí a mi bebé, yo no sé si hoy tengo un nene o una nena de dos años…o si la madre lo abortó y hace dos años perdí a mi hijo. No lo sé y me consume por dentro- finalizó tomando su guardapolvos y el maletín, ya sin poder ocultar unas gruesas lágrimas de aquel angustiante recuerdo, en ese momento Cecil se quedó sin más argumentos, aquello no se lo esperaba.

-Así que no juzgues a la gente, sin preguntar primero. Hay muchos doctores, podés hacerle esas preguntas a otro- dijo consultando su reloj- yo llego tarde a mi almuerzo con los espectros de mi bonita joven esposa y de la dulce Candela- comentó con una irónica risa que hizo mirar a otro lado a las solteronas que lo habían estado mirando, porque ya no les parecía alguien agradable, tras lo gritos y unas lágrimas, un hombre pierde su encanto.

Cecil dejó que se fuera sin mirarlo, observando atenta el envase de la gaseosa que había ordenado y concentrándose en no pensar en su estómago que pedía comida a gritos. Ella llevaba una vida de lo más rigurosa, para hacerle bien a su espíritu para lograr todo aquello que le había contado a Gabriel, pero no servía de mucho si su interacción era sólo aceptable con la naturaleza y consigo misma. No podía llegar a la gente sin lastimarla, como había ocurrido en esos instantes, pero tampoco lograría su meta con el espíritu si no lograba ningún bien con la gente.

Por eso solía permanecer mucho tiempo en el silencio, meditando. Pero al mismo tiempo esas cosas que la habían acercado a su ser, ahora la alejaban de las personas ¿Cómo convivía con los dos? ¿Cómo hacía para dejar de sentirse superior?

Esa falta de humildad era lo que la alejaba de sus metas, se sintió poca cosa comparada con personas realmente buenas. Al fin y al cabo no le estaba haciendo un bien a nadie, tampoco un mal. No hacía nada. Y el problema en el mundo no es que haya malos, sino que los buenos no hagan nada.

Dio un largo suspiro y se alejó de aquel lugar, volvió a la plaza y se sentó en un banco dejando que su mente otra vez escapara en busca de respuestas que la hagan una persona útil, quería pedirle perdón al chico por ser…inoportuna, pero ya era tarde.

Una chica con unos pantalones abultados y una remera desteñida de bambula se sentó a su lado a fumar un cigarrillo mientras sus grandes aros oscilaban en sus orejas y los collares tintineaban al moverse, la observó a Cecil con sus rulos alborotados, su piel pálida y sus ojos ensoñadores perdidos en algún punto lejano. Frunció el ceño y le preguntó tras una larga bocanada de humo:

-¿Te peleaste con tu novio o qué?

Cecil se recuperó de su ensimismamiento y miró a la hippie que tenía a su lado, no entendía cómo su interlocutora había llegado a aquella errada conclusión, pero como primer paso en su intento de humildad intentó abrirse con la chica

-No…me pelee con el mundo digamos y me preocupa- le contó tratando de sonar normal y tendió su mano- Hola, soy Cecil

-Romina- le dijo la otra estrechando con seguridad- a mi creo que también me preocupa el mundo, bah a todos supongo. Todo se está yendo por la borda- comentó meneando la cabeza y dando una nueva calada al cigarro- Pero sueño con que todo va a cambiar, ya sabes…las soluciones van a llegar, hay que dejar al mundo fluir y que haga su trabajo- concluyó cuando se levantaba y saludaba a la extraña- así que no te preocupes: “Seamos realistas, soñemos lo imposible”

-Amén a lo que haya dicho El Che- le contestó Cecil riendo y anotando en su cuaderno verde, ya tenía su distinta, pero al fin necesitada entrevista- Gracias.

Miró a Romina alejarse y decidió que podía pedir perdón. Se levantó nuevamente del asiento y comenzó una larga caminata hasta el barrio de la Recoleta, Marianela era amiga de Gabriel, Podía pedir perdón por medio de una intermediaria.

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Awwwww me da nervios empezar una historia porque es embarcarse en algo que uno no sabe si funciona o no. Bueno, como sea. Acá está mi "novela" primeriza xD Espero que les guste ^^

3 comentarios:

Mel´Z dijo...

interesante!
la trama me engancho, un buen inico Ro ;)

Recoleta dijo...

Coincido con Mel... buena suerte y a persistir!

Maria dijo...

Hola amiga!! que tal??

de vacaciones, eh?? pues espero que las hayas disfrutado!! un besito y estaremos en contacto!!